"EL DESPERTAR DE MIRIAM"

"EL DESPERTAR DE MIRIAM"
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miércoles, 5 de agosto de 2009

"Dé a sus hijos/as un Regalo para toda la vida"

Les hago llegar un Artículo muy interesante e importante ahora que se acerca "el día del Niño y de la Niña", extraído de la Revista Selecciones, página 31, Tomo CX, Número 659, denominado:

“DÉ A SUS HIJOS UN REGALO PARA TODA LA VIDA”

Por David Schwartz

Jim Trelease ha dedicado los últimos 16 años de su vida a divulgar lo que considera el secreto mejor guardado de la educación actual: “Casi nadie me cree cuando me oye hablar de él por primera vez”, dice. “Y esto ocurre por tres razones: en primer lugar, porque se trata de algo sencillo. En segundo lugar, porque es gratis. En tercer lugar, porque el niño lo disfruta. Por todo esto ¿cómo va a ser bueno?.
El público de esta noche, compuesto en su mayoría por maestros y padres jóvenes que se han congregado en el auditorio de una escuela primaria, ríe nerviosamente. “Sé lo que están pensando”, prosigue Trelease. “El día tiene sólo 24 horas. Es cierto. Pero, ¿quién les dijo que ser padres es una actividad en la que se invierte poco tiempo? Trelease insiste en que, por muy ocupados que estén, el alimento más importante que pueden dar a sus hijos, después de las caricias, es leerles en voz alta.
Y apoya sus palabras con hechos. Muchos estudios recientes del Centro para el Estudio de la Lectura y el Consejo Nacional de Maestros de Lengua Inglesa, confirman que leer a los niños les ayuda a ampliar su vocabulario, estimula su imaginación, prolonga el lapso de su atención, fomenta el desarrollo emocional y los introduce a las estructuras y los matices de la lengua. La lectura en voz alta constituye, en esencia, una invitación a aprender a leer.
Trelease se lamenta de que, con demasiada frecuencia, se condiciona a los alumnos de las escuelas primarias a asociar la lectura con el trabajo. “Nos hemos concentrado tanto a enseñar a los niños a leer que nos hemos olvidado de inculcarles el deseo de leer”, observa.
Para que no quede duda sobre lo que está en juego, Trelease no vacila en afirmar: “La lectura es el factor social más importante de la vida actual. Cuanto más lee una persona, más inteligente se vuelve. Cuanto más inteligente se vuelve, más años dedica al estudio. Cuanto más años dedica al estudio, más dinero gana. Cuanto más dinero gana, mejor papel desempeñan sus hijos en la escuela. De modo que, si se logra aficionar a un niño a la lectura, se influye no sólo en su futuro, sino también en el de la siguiente generación”.
Trelease encontró su vocación por razones que no tuvieron que ver con el intelecto, sino con las emociones. En la época en que sus dos hijos, Elizabeth y Jaime, eran pequeños, él y su esposa, Susan, les dieron igual cantidad de libros que de comidas. “Les leí porque mi padre, a su vez, me leyó a mí”, explica. “Quería que ellos disfrutaran tanto como yo había disfrutado”.
Durante su infancia, en el decenio de 1940, aún no se había borrado el recuerdo de la Depresión. “No tuvimos automóvil hasta que cumplí diez años, ni casa propia hasta que cumplí los 12”, comenta Trelease. “Pero no hubo un tiempo en que no hubiéramos estado suscritos a varias revistas y a dos diarios”. No se acuerda que haya pasado un día de su niñez sin que su padre le leyera algo.
Después de titularse en la Universidad de Massachussets, Trelease empezó a trabajar como reportero en la cercana ciudad de Springfield. Luego, en 1967, una maestra de cuarto año de primaria lo invitó a su salón de clases a dar una plática sobre su profesión. Trelease se divirtió tanto que, un tiempo después estaba dando 40 charlas gratuitas por año en las escuelas de la ciudad.
Un día, cuando estaba a punto de salir de un aula, sus ojos se posaron en un ejemplar de una novela que acababa de leerle a su hija.
 ¿Quién está leyendo esto?—inquirió. Tres niñas levantaron tímidamente la mano – ¿No les fascina? –
Y durante los 45 minutos siguientes, él y los chicos estuvieron conversando sobre libros.
“A partir de entonces, siempre aparté un rato para preguntarles a los chicos qué libros habían leído últimamente”, explica. Con el tiempo comencé a percatarme de que leían cada vez menos, salvo en aquellos casos en que los maestros les leían en voz alta. Me pregunté si existiría alguna relación entre cuánto se les lee a los niños y cuánto quieren ellos leer por cuenta propia”.
En las publicaciones profesionales sobre la lectura, Trelease se encontró con muchas investigaciones que apoyaban su suposición. Por sus conversaciones con vecinos, parientes y amigos, supo que la mayoría de la gente consideraba la lectura en voz alta como el último recurso cuando sus hijos no querían dormirse. Quizá ello se debía a que, a estos padres, rara vez se les leyó cuando fueron pequeños.
“Las palabras que el niño escucha cuando se le lee son palabras que él podrá identificar después, cuando se tope con ellas en sus propias lecturas”, dice Trelease. Para ilustrar esta idea, cita el primer párrafo de “Un cocodrilo enorme” (The enormous crocodile) de Roald Dahl. “Dos cocodrilos estaban metidos en el agua, y apenas asomaban la cabeza. Uno era enorme. El otro no era tan grande”. Supongamos que el niño no conoce la palabra enorme. ¿Cómo la aprenderá fácilmente: escuchándola como parte de la trama de un cuento, o viéndola escrita en una tarjeta de vocabulario, sin un contexto que le dé significado? Recuerden que si el niño nunca ha escuchado la palabra, jamás la usará. Y si nunca la ha escuchado ni usado , le será difícil leerla cuando se encuentre con ella.
Trelease recomienda que se empiece a leer en voz alta a los niños lo más pronto posible. “¿Cuándo comenzó usted a hablarle a su hijo?. Sin duda, el día que nació. Si un niño no es demasiado pequeño para que se le hable, tampoco es demasiado pequeño para que se le lea”. Así lo asegura la experiencia.
Al nacer su hija, a Marcia y a Mark Thomas les regalaron un ejemplar del famoso libro de Trelease, “Manual de Lectura en Voz Alta” (The Read-Aloud Handbook). Estos padres tenían una razón especial para querer fomentar el desarrollo intelectual de Jennifer: la niña había nacido con el síndrome de Down. “Pensamos que si no le hacía bien, tampoco le haría mal”, comenta Marcia, “así que la pusimos a una dieta de diez libros diarios”. Cuando la pequeña tuvo que someterse a una intervención quirúrgica, sus padres grabaron libros en cintas para que las enfermeras se los reprodujeran. A los cinco años, Jennifer leía sola.
Hoy tiene diez años y cursa el cuarto año de primaria en una escuela para niños “”normales””. Además, es una lectora voraz y tiene un vocabulario que una de sus maestras califica de “fenomenal”.
A Trelease le da gusto que otras personas se dediquen a multiplicar sus esfuerzos. Mary Kay Bond oyó hablar por primera vez de “ese hombre que promueve la lectura en voz alta” a comienzos de los años ochenta. Entonces era una madre flamante, y ya acostumbraba a leer revistas de noticias a su bebé de tres meses, pese a la risa que ello provocaba en su familia.
Más adelante, Mary Kay y otras nueve madres del jardín de niños de su hijo se unieron para crear un programa basado en las ideas de Trelease. Organizaron un grupo de voluntarias que leyeran en las escuelas y dieran pláticas en los cursos para futuros padres. Consiguieron un subsidio para un programa de distribución de libros, con objeto de que todo niño nacido en su distrito recibiera por lo menos un ejemplar como obsequio de nacimiento. En 1992 el programa “Leamos en voz alta”, se extendió a todo el estado.
Cuando Lynne Waihee, esposa del ex gobernador de Hawai, oyó hablar a Jim Trelease, se sintió inspirada. No tardó en convencer a los clubes de Rotarios, las bibliotecas, las escuelas y a diversas empresas de su estado de que lanzaran la campaña “Léeme”. El objetivo: asegurarse de que a todos los niños hawaianos se les lea por lo menos diez minutos diarios. “Durante años, nuestro programa de alfabetización estuvo dirigido a la población adulta”, explica Lynne, “pero nos dimos cuenta de que si fijábamos toda nuestra atención en criar a una generación de gente capaz de leer y escribir, en lugar de querer componer a una que ya es analfabeta, tendríamos una probabilidad de éxito mucho mayor”.
“Léeme” difunde su mensaje por medio de espacios publicitarios en radio y televisión. Además, todas las escuelas primarias y las bibliotecas de Hawai han recibido una bibliografía de libros infantiles recomendados y un vídeo de diez minutos sobre el porqué y el cómo de la lectura en voz alta.
Mientras tanto, Trelease sigue sembrando las semillas de la lectura. Se pasea por el auditorio de la escuela primaria y habla sin dirigirse a nadie en particular. “Usted, señor, tuvo tiempo ayer de ver el partido de su equipo favorito de béisbol (o “fútbol”, acotación mía). Usted, señora, tuvo tiempo para salir de compras. Tuvo tiempo también de darse una escapada a una tienda de la esquina a comprar un billete de lotería (jugar al telekino, brinco, u otros, digo yo), adquirir cigarrillos o rentar una videocinta. Tuvo tiempo de barrer las pelusas que había debajo del sofá. Pero, ¿ninguno de los dos tuvo tiempo de leer un libro a su hijo/a? Les aseguro sin temor a equivocarme que dentro de 20 años las pelusas seguirán debajo del sofá, pero su hijito/a ya no será pequeño/a”.
El mensaje cala. Tras dos horas de conferencia, un centenar de personas regresan a sus hogares, donde duermen sus hijos. Y mañana, por razones que ignorarán, los pequeños escucharán a sus padres leerles, quizás por primera vez en años.---------

1995. POR DAVID M. SCHWARTZ. CONDENSADO DE “SMITHSONIAN” (FEBRERO DE 1995), DE WASHINGTON, D.C.

Difundo este artículo porque deseo contribuir a la propagación de la lectura en toda la Argentina y en el Mundo. Y porque considero también que somos lo que leemos.
“Un pueblo que no lee es un pueblo que no crece”.
Los libros no reemplazan las experiencias personales, es verdad, pero contribuyen inmensamente a enriquecerlas.
Cuanto más leemos, más disfrutamos y más comprendemos los acontecimientos que nos tocan vivir.
Creo que los libros así como los viajes son –o pueden ser– los “mejores maestros”.
Además, ¿saben qué es lo peor de no haber leído un libro en los últimos noventa días? Lo peor es... No haber leído un libro en los últimos noventa días y creer que no importa.

“Visión. Imaginación, he ahí lo que se necesita—dijo Salomón. Los pueblos que no tienen visión, están condenados a desaparecer”.

“Sólo la Educación y la Cultura fortalecen a los pueblos”.
Silvia Mirta Válori

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